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Traducción al castellano de Reasons for speaking out on Sex and Gender Issues, by J.K.Rowling

Joanne Rowling, que tuvo que esconder su nombre de mujer para que, según su editor, sus libros tuvieran más éxito y fueran leídos por chicos además de por chicas, ofrece una extensa, documentada, comprometida, personal y valiente reflexión en su página web Answers. No podía no compartirla aquí, es lo mejor que se ha escrito sobre los ataques y amenazas a las mujeres y al feminismo bajo una bandera liderada, una vez más, por hombres. Esta es la traducción de su post.

Razones para pronunciarse sobre cuestiones de Sexo y Género, por J.K.Rowling. 10 de junio de 2020.

Este no es un texto fácil de escribir por razones que en breve se verán, pero sé que ha llegado la hora de explicarme sobre una cuestión rodeada de toxicidad. Lo escribo sin deseo alguno de sumarme a esa toxicidad.

Para la gente que no lo sabe: en diciembre pasado escribí un tuit de apoyo a Maya Forstater, una especialista en impuestos que había perdido su trabajo por unos tuits que fueron calificados de “tránsfobos”. Llevó su caso a un juzgado de lo social[1], pidiendo al juez que se pronunciara sobre si la creencia filosófica de que el sexo está determinado por la biología está protegida por la ley. El juez Tayler dictaminó que no lo estaba.

Mi interés por las cuestiones trans empezó dos años antes del caso de Maya, durante los cuales seguí de cerca el debate sobre el concepto de identidad de género. He conocido a personas trans, y he leído varios libros, blogs y artículos de personas trans, especialistas en género, personas intersexuales, psicólogos, expertos en protección, trabajadores sociales y médicos, y he seguido el discurso en las redes y en los medios de comunicación tradicionales. Por un lado, mi interés por este tema ha sido profesional, porque estoy escribiendo una serie policíaca ambientada en el presente, y mi personaje de mujer detective está en una edad a la que le interesan y le afectan estos temas, pero, por otro lado, es profundamente personal, como voy a explicar.

Durante todo este tiempo que he dedicado a investigar y aprender, las acusaciones y amenazas de los activistas trans han estado merodeando por mi timeline de Twitter. Esto lo desencadenó inicialmente un “like”. Cuando empecé a interesarme por la identidad de género y las cuestiones transgénero, comencé a hacer capturas de pantalla de los comentarios que me interesaban como una forma de recordarme a mí misma lo que podría querer investigar más tarde. En una ocasión, di un “like” sin darme cuenta en lugar de hacer una captura de pantalla. Ese simple “like” se consideró una prueba de opinión inadecuada [2] y comenzó un acoso persistente, aunque aún de perfil bajo.

Meses más tarde, mi delito accidental a raíz de ese “like” empeoró cuando empecé a seguir a Magdalen Burns en Twitter. Magdalen era una joven feminista y lesbiana inmensamente valiente que estaba muriendo de un agresivo tumor cerebral. La seguí porque quería contactarla directamente, lo cual logré hacer. Sin embargo, como Magdalen defendía firmemente la importancia del sexo biológico y no creía que a las lesbianas se les debiera llamar intolerantes por no salir con mujeres trans con penes, los activistas trans de twitter ataron cabos en sus cabezas y el nivel de acoso en las redes sociales aumentó.

Menciono todo esto sólo para explicar que sabía perfectamente lo que iba a pasar cuando apoyé a Maya. Debía ser ya mi cuarta o quinta cancelación para entonces. Esperaba las amenazas de violencia, que se me dijera que estaba literalmente matando a personas trans con mi odio, que se me llamara puta y zorra y, por supuesto, que se quemaran mis libros, aunque un hombre especialmente agresivo me dijo que los había compostado.

Lo que no esperaba que sucediera a raíz de la cancelación fue la avalancha de correos electrónicos y cartas que me llovieron, la gran mayoría de las cuales eran positivas, agradecidas y de apoyo. Provenían de una muestra representativa de personas amables, empáticas e inteligentes; algunas de ellas trabajan en campos relacionados con la disforia de género y las personas trans, y están profundamente preocupadas por la forma en que un concepto sociopolítico influye en la política, la práctica médica y la protección de las personas. Están preocupadas por los peligros que esto supone para los jóvenes, para los gays y para erosionar los derechos de las mujeres y las niñas. Sobre todo, están preocupadas por el clima de miedo que no es bueno para nadie y mucho menos para los jóvenes trans.

Había dejado Twitter durante muchos meses, tanto antes como después de tuitear en apoyo de Maya, porque sabía que no era bueno para mi salud mental. Sólo regresé porque quería compartir un libro infantil gratis durante la pandemia. Inmediatamente, los activistas, que claramente se creen buenos, amables y progresistas, volvieron a mi timeline de Twitter, dando por supuesto que tienen derecho a vigilar mi discurso, me acusan de odio, me lanzan calumnias misóginas y, sobre todo – como todas las mujeres que participan en este debate sabrán – me llaman TERF.

Si no lo sabías ya,  -¿por qué deberías saberlo? – TERF es un acrónimo acuñado por activistas trans, que significa Trans Exclusionary Radical Feminist, es decir, Feminista Radical Trans-Excluyente. En la práctica, a una enorme y diversa muestra de mujeres se les llama actualmente TERF y la gran mayoría nunca han sido feministas radicales. Los ejemplos de las llamadas TERF van desde la madre de un niño gay que temía que su hijo quisiera hacer la transición para escapar del acoso homófobo, hasta una señora mayor bien poco feminista que ha jurado no volver a visitar a Marks & Spencer porque permiten que cualquier hombre que diga que se identifica como mujer entre en los vestuarios de mujeres. Paradójicamente, las feministas radicales ni siquiera son transexcluyentes – incluyen a los hombres trans en su feminismo, porque nacieron mujeres.

Pero las acusaciones de TERFismo han sido suficientes para intimidar a muchas personas, instituciones y organizaciones que una vez admiré, que se asustan ante las tácticas de patio de colegio. “¡Nos llamarán tránsfobos!”, “¡Dirán que odio a los transexuales! ¿Qué será lo próximo que digan, que tienes pulgas? Como mujer biológica, creo que muchas de las que están en posiciones de poder realmente deberían echarle “un par” (lo cual es, sin duda, literalmente posible, según la gente que argumenta que el pez payaso prueba que los humanos no son una especie dismórfica).

Entonces, ¿por qué estoy haciendo esto? ¿Por qué hablar? ¿Por qué no llevar mi investigación en silencio y mantener la cabeza gacha?

Bueno, tengo cinco razones para estar preocupada por el nuevo activismo trans, y por eso he decidido que necesito hablar.

Primero, tengo una ONG dedicada a aliviar la privación social en Escocia, que se centra particularmente en las mujeres y los niños. Entre otras cosas, mi fundación apoya proyectos para mujeres presas y para supervivientes de abusos domésticos y sexuales. También financio la investigación médica sobre la esclerosis múltiple, una enfermedad que se comporta de manera muy diferente en hombres y mujeres. Hace tiempo que tengo claro que el nuevo activismo trans está teniendo (o es probable que tenga, si se satisfacen todas sus demandas) un impacto significativo en muchas de las causas que apoyo, porque está presionando para erosionar la definición legal de sexo y reemplazarla por la de género.

La segunda razón es que fui maestra y soy la fundadora de una organización benéfica para niños y niñas, lo que muestra mi interés por la educación y la protección de la infancia. Como muchos otros, me preocupa profundamente el efecto que el movimiento de los derechos de los transexuales está teniendo en ambos campos.

La tercera es que, como autora ampliamente prohibida[3], me interesa la libertad de expresión y la he defendido públicamente, incluso ante Donald Trump.

La cuarta es que las cosas empiezan a tomar un cariz verdaderamente personal. Me preocupa la enorme explosión de mujeres jóvenes que desean hacer la transición y también el creciente número de mujeres que parecen estar detransicionando (volviendo a su sexo original), porque se arrepienten de haber tomado decisiones que, en algunos casos, han alterado sus cuerpos de forma irreversible y les han privado de su fertilidad. Algunas dicen que decidieron hacer la transición después de darse cuenta de que se sentían atraídas por el mismo sexo, y que su transición fue impulsada en parte por la homofobia de la sociedad o de sus familias.

La mayoría de la gente probablemente no es consciente – yo ciertamente no lo era, hasta que empecé a investigar este tema correctamente – que hace diez años, la mayoría de las personas que querían hacer la transición al sexo opuesto eran hombres. Esa proporción ahora se ha invertido. El Reino Unido ha experimentado un aumento del 4400% de niñas derivadas al tratamiento de transición. Las niñas autistas están enormemente sobrerrepresentadas en esta magnitud.

El mismo fenómeno se ha visto en los Estados Unidos. En 2018, la médica e investigadora americana Lisa Littman se propuso explorarlo. En una entrevista, dijo:

“En las redes, los padres estaban describiendo un patrón muy inusual de identificación como transgénero, según el cual diversos amigos e incluso grupos enteros de amigos se identificaban como transgénero al mismo tiempo. Habría sido negligente si no hubiera prestado atención al contagio social y a las influencias de los compañeros como factores potenciales”.

Littman mencionó a Tumblr, Reddit, Instagram y YouTube como factores que contribuyen a la Disforia de Género de Rápida Aparición, entornos en los que cree que en el ámbito de la identificación transgénero “los jóvenes han creado cámaras de resonancia muy auto-referenciales”.

Su artículo causó furor. Se la acusó de parcialidad y de difundir información errónea sobre los transexuales, y fue sometida a un tsunami de abusos y a una campaña orquestada para desacreditarla tanto a ella como a su trabajo. La revista sacó el artículo de la red y lo pasó nuevamente a revisión antes de volver a publicarlo. Sin embargo, su carrera sufrió un golpe similar al que sufrió Maya Forstater. Lisa Littman se había atrevido a desafiar uno de los principios centrales del activismo trans, según el cual la identidad de género de una persona es innata, como la orientación sexual. Los activistas insistían, por lo tanto, en que a nadie se le puede convencer de que se convierta en trans.

El argumento de muchos activistas trans actuales es que, si no dejas que un adolescente con disforia de género haga la transición se suicidará. En un artículo que explica por qué se marchó de la Tavistock (una clínica especializada en género del NHS (servicio nacional de salud en Inglaterra) el psiquiatra Marcus Evans sostiene que las afirmaciones de que los niños se suicidarán si no se les permite la transición “no se corresponden realmente con ningún dato o estudio sólido en este campo. Tampoco se corresponden con los casos que he encontrado durante décadas como psicoterapeuta”.

Los escritos de los jóvenes trans revelan que se trata de un grupo de personas muy sensibles e inteligentes. Cuantos más relatos he leído sobre la disforia de género, con sus perspicaces descripciones de la ansiedad, la disociación, los trastornos alimentarios, el daño autoinfligido y el odio a sí mismos, más me he preguntado si, de haber nacido 30 años más tarde yo también podría haber tratado de hacer la transición. El atractivo de escapar de la feminidad habría sido enorme. Luché contra un grave TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo) cuando era adolescente. Si hubiera encontrado una comunidad y la acogida en las redes que no podía encontrar en mi entorno inmediato, creo que podrían haberme convencido.

Cuando leía sobre la teoría de la identidad de género recordaba cómo me sentía cuando era jovencita, como si no tuviera sexo a nivel mental. Recuerdo la descripción de Colette de sí misma como “hermafrodita mental” y las palabras de Simone de Beauvoir: “Es perfectamente natural que la futura mujer se sienta indignada por las limitaciones que le impone su sexo. La verdadera cuestión no es por qué debe rechazarlas: el problema es más bien entender por qué las acepta”.

Como no tenía ninguna posibilidad real de convertirme en hombre en los años 80, tuvieron que ser los libros y la música los que me ayudaron a superar mis problemas de salud mental y el minucioso escrutinio sexual que lleva a tantas chicas a luchar contra sus cuerpos en la adolescencia. Afortunadamente para mí, encontré mi propio sentido de la alteridad y mi ambivalencia sobre el hecho de ser mujer reflejado en el trabajo de escritoras y músicas que me aseguraron que, a pesar de todo lo que el mundo sexista trata de arrojar sobre el cuerpo femenino, está bien no sentirse rosa, con volantes y complaciente dentro de tu propia cabeza; está bien sentirse confundida, tenebrosa, sexual y no sexual, insegura de qué o quién eres.

Quiero ser muy clara: sé que la transición será una solución para algunas personas con disforia de género, aunque también soy consciente a través de extensas investigaciones de que los estudios han demostrado consistentemente que entre el 60-90% de los adolescentes con disforia de género superarán su disforia cuando crezcan. Una y otra vez me han dicho que “solo tengo que conocer a algunas personas trans”. Lo he hecho: además de algunas personas más jóvenes, que eran todas adorables, resulta que conozco a una mujer transexual que se describe a sí misma como mayor que yo y que es maravillosa. Aunque es abierta sobre su pasado como hombre gay, siempre me ha resultado difícil pensar en ella como otra cosa que no sea una mujer, y creo (y realmente espero) que esté completamente satisfecha de haber hecho la transición. Sin embargo, al ser mayor, pasó por un largo y riguroso proceso de evaluación, psicoterapia y transformación gradual. La actual explosión de activismo trans está instando a la eliminación de casi todos los sistemas fiables por los que antes se exigía que pasaran los candidatos a la reasignación de sexo. Un hombre que tiene la intención de no operarse y no tomar hormonas puede ahora asegurarse un Certificado de Reconocimiento de Sexo y ser una mujer a la vista de la ley. Mucha gente no es consciente de esto.

Estamos viviendo el período más misógino que he experimentado. En los 80, imaginaba que mis futuras hijas, si alguna vez las tenía, lo tendrían mucho mejor que yo, pero entre la reacción contra el feminismo y una cultura virtual saturada de porno, creo que las cosas han empeorado significativamente para las chicas. Nunca he visto a las mujeres tan denigradas y deshumanizadas como ahora. Desde el líder del mundo libre, con una larga historia de acusaciones de agresión sexual y su orgulloso alarde de ‘agarrar a las mujeres por el coño’, al movimiento InCel (‘involuntariamente célibes’), que se ensaña contra las mujeres que no quieren sexo con ellos, hasta los activistas trans que declaran que las TERF necesitan ser golpeadas y reeducadas, los hombres de todo el espectro político parecen estar de acuerdo: las mujeres están buscando problemas. En todas partes, a las mujeres se les dice que se callen y se sienten, o que se atengan a las consecuencias.

He leído todos los argumentos sobre la feminidad que no reside en el cuerpo sexuado y las afirmaciones de que las mujeres biológicas no tienen experiencias comunes y las encuentro, también, profundamente misóginas y regresivas. También está claro que uno de los objetivos de negar la importancia del sexo es erosionar lo que algunos parecen ver como la idea cruelmente segregacionista de que las mujeres tienen sus propias realidades biológicas o -igual de amenazante- realidades unificadoras que las convierten en una clase política cohesionada. Los cientos de correos electrónicos que he recibido en los últimos días prueban hasta qué punto esta erosión les importa a muchos.  No basta con que las mujeres sean aliadas trans. Las mujeres deben aceptar y admitir que no hay diferencia material entre las mujeres trans y ellas mismas.

Pero como muchas mujeres han dicho antes que yo, “mujer” no es un disfraz. La mujer no es una idea en la cabeza de un hombre. La mujer no es un cerebro rosado, una preferencia por Jimmy Choos[4] o cualquiera de las otras ideas sexistas que ahora de alguna manera se promocionan como progresistas. Además, el lenguaje “inclusivo” que llama a las mujeres “menstruantes” y “personas con vulvas” a muchas mujeres les parece deshumanizante y degradante. Entiendo por qué los activistas trans consideran que este lenguaje es apropiado y amable, pero para aquellas de nosotras que hemos recibido calumnias degradantes de hombres violentos, no es neutral, es hostil y alienante.

Lo que me lleva a la quinta razón por la que estoy profundamente preocupada por las consecuencias del actual activismo trans.

He estado en el ojo público durante más de veinte años y nunca he hablado públicamente de ser una superviviente de abuso doméstico y agresión sexual. No es porque me avergüence de haber pasado por ello, sino porque es traumático volver a verlo y recordarlo. También siento que debo proteger a mi hija (mayor), la que tuve en mi primer matrimonio. No quería reclamar la propiedad exclusiva de una historia que también le pertenece a ella. Sin embargo, hace poco le pregunté cómo se sentiría si yo confesara públicamente esa parte de mi vida, y me animó a seguir adelante.

Menciono estas cosas ahora, no en un intento de generar simpatía sino por solidaridad con el gran número de mujeres que tienen historias como la mía, que han sido calumniadas y calificadas de intolerantes por estar preocupadas por la cuestión de los espacios segregados por sexo.

Conseguí escapar de mi primer matrimonio violento con alguna dificultad, pero ahora estoy casada con un hombre verdaderamente bueno y con principios, íntegro y fiable hasta un punto que nunca pensé que podía esperar. Sin embargo, las cicatrices que dejan la violencia y la agresión sexual no desaparecen, no importa cuán amada seas, y no importa cuánto dinero hayas ganado. Mis contínuos sobresaltos son ya una broma familiar – e incluso sé que es divertido – pero rezo para que mis hijas nunca tengan las mismas razones que yo para odiar los ruidos fuertes y repentinos, o cuando encuentro de repente a alguien detrás de mí sin haber oído antes que se acercaba.

Si pudiérais entrar en mi cabeza y entender lo que siento cuando leo que una mujer trans muere a manos de un hombre violento, encontraríais solidaridad y afinidad. Tengo una sensación visceral del terror sobre lo que esas mujeres trans habrán pasado durante sus últimos segundos en la Tierra, porque yo también he conocido momentos de miedo ciego al darme cuenta de que lo único que me mantenía con vida era ver a mi atacante temblando para autocontrolarse.

Creo que la mayoría de las personas que se identifican como trans no sólo no representan ninguna amenaza para los demás, sino que son vulnerables por todas las razones que he descrito. Las personas trans necesitan y merecen protección. Como las mujeres, es más probable que sean asesinadas por sus parejas sexuales. Las mujeres trans que trabajan en la industria del sexo, en particular las mujeres trans de color, corren un riesgo especial. Como cualquier otra superviviente de abuso doméstico y agresión sexual que conozco, no siento nada más que empatía y solidaridad con las mujeres trans que han sido abusadas por hombres.

Por eso quiero que las mujeres trans estén a salvo. Al mismo tiempo, no quiero que las niñas y mujeres de nacimiento estén menos seguras. Cuando se abren las puertas de los baños y vestuarios a cualquier hombre que crea o sienta que es una mujer – y, como he dicho, los certificados de confirmación de género pueden ser concedidos ahora sin necesidad de cirugía u hormonas – entonces se abre la puerta a todos los hombres que deseen entrar. Esa es la simple verdad.

El sábado por la mañana leí que el gobierno escocés sigue con sus controvertidos planes de reconocimiento de género, lo que en realidad significará que todo lo que un hombre necesita para “convertirse en mujer” es decir que lo es. Para usar una palabra muy del momento, “me provocaron”. Abatida por los ataques implacables de los activistas trans en las redes sociales, cuando sólo estaba allí para comentar con los niños las imágenes que habían dibujado para mi libro durante el confinamiento, pasé gran parte del sábado en un lugar muy sombrío de mi cabeza, ya que los recuerdos de una grave agresión sexual que sufrí a los veinte años se repetían en bucle. Esa agresión ocurrió en un momento y en un espacio donde yo era vulnerable, y un hombre aprovechó la oportunidad. No podía dejar de lado esos recuerdos y me resultaba difícil contener la ira y mi decepción por la forma en que creo que mi gobierno está jugando a la ligera con la seguridad de las mujeres y las niñas.

A última hora de la noche del sábado, al hojear las fotos de los niños antes de irme a la cama, olvidé la primera regla de Twitter – nunca, nunca esperes una conversación matizada – y reaccioné a lo que sentí que era un lenguaje degradante sobre las mujeres. Hablé sobre la importancia del sexo y he estado pagando el precio desde entonces. Era tránsfoba, era una puta, una zorra, una TERF, merecía la cancelación, los puñetazos y la muerte. Eres Voldemort, dijo una persona, que obviamente pensaba que este era el único idioma que entendería.

Sería mucho más fácil tuitear los hashtags aceptados – porque por supuesto los derechos trans son derechos humanos y por supuesto las vidas trans importan – ganarse las galletitas y saborear las mieles haciendo gala de la propia virtud. Hay alegría, alivio y seguridad en la conformidad. Como Simone de Beauvoir escribió, “… sin duda es más cómodo soportar la esclavitud ciega que trabajar por la propia liberación; también los muertos están mejor adaptados a la tierra que los vivos.”

Un gran número de mujeres se sienten con razón aterrorizadas por los activistas trans; lo sé porque muchas se han puesto en contacto conmigo para contar sus historias. Tienen miedo de que se exponga su privacidad, de perder sus trabajos o sus medios de vida y de la violencia.

Pero por muy desagradable que haya sido su constante ataque contra mí, me niego a inclinarme ante un movimiento que creo que está haciendo un daño demostrable al tratar de erosionar a la “mujer” como clase política y biológica y ofrecer una cobertura a los depredadores como pocos han hecho con anterioridad. Estoy al lado de las valientes mujeres y hombres, gays, heterosexuales y transexuales, que defienden la libertad de expresión y pensamiento, y los derechos y la seguridad de algunos de los más vulnerables de nuestra sociedad: los jóvenes gays, los adolescentes frágiles y las mujeres que dependen y desean conservar los espacios reservados a su sexo. Las encuestas muestran que esas mujeres son la gran mayoría, y excluyen sólo a las privilegiadas o afortunadas que nunca se han enfrentado a la violencia masculina o a la agresión sexual, y que nunca se han preocupado por estudiar su prevalencia.

Mi única esperanza es que las mujeres que pueden protestar y organizarse lo están haciendo, y tienen a su lado hombres y personas trans verdaderamente decentes. Los partidos políticos que buscan apaciguar las voces más fuertes en este debate están ignorando las preocupaciones de las mujeres y dejándolas a su suerte. En el Reino Unido, las mujeres se están acercando unas a otras más allá de las filiaciones políticas, preocupadas por la erosión de sus derechos, ganados con tanto esfuerzo, y por la intimidación generalizada. Ninguna de las mujeres críticas con el género con las que he hablado odia a las personas trans; al contrario. Muchas de ellas se interesaron por este tema antes que nada debido a su preocupación por la juventud trans, y son muy comprensivas con los adultos trans que simplemente quieren vivir sus vidas y que se enfrentan a una reacción causada por un tipo de activismo que no apoyan. La gran ironía es que el intento de silenciar a las mujeres con la palabra “TERF” puede haber empujado a más mujeres jóvenes hacia el feminismo radical de las que el movimiento ha visto en décadas.

Lo último que quiero decir es esto. No he escrito este ensayo con la esperanza de que alguien haga sonar un violín para mí, ni siquiera uno pequeñito. Soy extraordinariamente afortunada; soy una superviviente, realmente, no una víctima. Sólo he mencionado mi pasado porque, como cualquier otro ser humano en este planeta, tengo una compleja historia de fondo, que da forma a mis miedos, mis intereses y mis opiniones. Nunca olvido esa complejidad interna cuando creo un personaje de ficción y ciertamente nunca la olvido cuando se trata de personas trans.

Todo lo que pido – todo lo que quiero – es que se extienda una empatía similar, una comprensión similar, a los muchos millones de mujeres cuyo único delito es querer que sus preocupaciones sean escuchadas sin recibir amenazas ni abusos.

 

[1] Employment Tribunal, donde se dirimen en el Reino Unido las cuestiones laborales y que en España correspondería a la antigua Magistratura de Trabajo.

[2] En este punto y, por la expresión de la autora, es inevitable recordar a la “policía del pensamiento” de George Orwell en su novela distópica 1984.

[3] Por ejemplo, los libros de la serie Harry Potter estan prohibidos en diversos estados de los EEUU, especialmente en los llamados Bible Belt (cinturón bíblico, cristianos fundamentalistas, ultraconservadores), bajo la acusación de incitar al satanismo.

[4] Conocida marca de colonia y accesorios, bolsos, etc.