“Ain’t I a woman?” De feminismo y abolicionismo, castas y clases.

Os invito a ver esta poderosa dramatización de la actriz Kerry Washington en la versión que se ha popularizado del discurso de Sojourner Truth en la Convención de Mujeres de Akron, Ohio, el 29 de mayo de 1851, a partir del estribillo ¿Acaso no soy una mujer?. Su emoción nos acerca a comprender lo que se está moviendo en estos tiempos, y por qué parece que seguimos luchando por lo que se luchaba entonces desde el feminismo y el abolicionismo. Truth recuerda fundamentalmente tres cosas:

1. Que ser mujer no es lo que Uds estan definiendo como fragilidad física y debilidad mental, ni sus aderezos estéticos, incómodos, restrictivos y exotizantes. Las mujeres trabajamos y nos explotan, parimos y nos desgarramos, pensamos y nos indignamos.

2. Que las mujeres y los negros exigimos los mismos derechos de los hombres blancos porque no somos menos que ellos, y puede que seamos más: al fin y al cabo, incluso Dios nos necesitó para tener a su hijo, y parece que ningún hombre participó en ello.

3. Que yo soy (encarno) los derechos de la mujer (I am a woman’s rights) y, por consiguiente, estoy aquí para reclamarlos.

She Inspires | Sojourner Truth | Season 2018 | PBSCiento setenta años más tarde nos invade una pandemia que parece ignorar estas verdades fundamentales y sus implicaciones. Su impacto puede arrasar con las alianzas contra la dominación y a favor de la igualdad, relegando a sus sujetos protagonistas y convirtiendo en ofensiva la pregunta esencial, interseccional avant-la-lettre, de Sojouner Truth: ¿Acaso no soy una mujer? Una verdad que nos brindó la forastera, magnífica metáfora del buen hacer antropológico, el hallazgo de lo humano único y común, que fue revolucionario y cuya cristalina formulación ahora resultaría incómoda para el fundamentalismo posmoderno. Ignoramos si desde la innegable hegemonía que ya disfrutan han llegado a dilucidar el balance entre su supuesto privilegio “cis” y el supuesto origen de su opresión como “racializada”. Pero a Sojourner Truth no tenían que explicarle quiénes eran sus iguales ni sus adversarios, ni qué era una mujer.

Es hora de reflexionar nuevamente sobre por qué abolir la esclavitud mediante la ficción de la movilidad social del sistema de clases y el supuesto intercambio libre entre capital y trabajo se acabó pareciendo mucho a abolir la dominación de las mujeres mediante la ficción de la igualdad legal. Ahí están  Jim Crow y Les Femmes Savantes, y todo el repertorio de trucos y burlas humillantes que llegan a nuestros días para recordarnos a qué casta pertenecemos hasta el punto de limitarnos a gritar, como si se tratara de aspiraciones políticas radicales, que las vidas negras importan y que nos queremos vivas. Desaparecen los sujetos y las alternativas. Los otros de Baldwin y las otras de Simone mendigando lo obvio, lo que podrían asimismo reclamar los traficantes de los esclavos del XIX y de las esclavas del XXI para no perder su mercancía. Algo va mal.

Lo vemos en los frágiles avances que han ido desdibujando la persistencia y el rearme de los mecanismos de estratificación humana hasta que resurgen, porque seguían allí, aliados, los misántropos superricos y los misóginos supermachos en sus castas superiores. Los primeros, siempre invisibles, modelando deseos convertidos en derechos a costa de la vida y las vidas de todos, mientras dirigen la indignación hacia su policía y hacia una culpa convenientemente repartida entre las masas sobre las consecuencias azarosas y descontextualizadas del color de piel, tras las cuales se esconde la acumulación de su fortuna; los segundos, okupándonos -daría risa si no fuera catastrófico- incluso en nuestros baños, previamente deconstruidas, descompuestas y descuartizadas en nuestras carnes, con aquellos aderezos que las marcan para señalar su disponibilidad y posición, bajo la agenda del mejor (im)postor, ese que dice conocer y sufrir la desigualdad más que nosotras. Mientras tanto, aunque sepamos que “¡es el mercado, amigo!”, nos distraemos fácilmente mirando al dedo y a la luna sin ver que alguien la sostiene por detrás de las pantallas mientras nos ahogan y nos hacen callar.

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Nadie se mueve entre castas, por eso hay que abolir el sistema de castas y los disfraces que las sostienen. El mismo proyecto, otra gran batalla y muchas deserciones inducidas por las nuevas herramientas culturales del patriarcado neoliberal. Cierto es que una enorme tristeza consigue vencer a menudo al cansancio de la razón perseguida, cuando nos van expropiando de las palabras para defender la justicia de nuestros derechos. Entonces es cuando conviene recordar que no nos pueden desposeer del coraje heredado de nuestras antecesoras y recuperar esta épica compartida que nos sigue brindando La Verdad de la Forastera: Ain’t I a Woman? Y hay que estar a su altura.

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