Supremacismo para Principiantes

Empezaremos por lo más importante: a los supremacistas, el supremacismo les sienta de maravilla. Pueden ser ricos o estar en paro, tener que aguantar a un jefe o a un marido insoportable o vivir en la arcadia feliz del amor libre, carecer de amigos o no estar solos ni para ir al baño, verse gordos o demasiado flacos, estar sanísimos o sufrir una enfermedad terminal… Nada de eso importa porque el bienestar desbordante del supremacista no se fundamenta en ningún mérito ni se deriva de ninguna suerte, más que la de pertenecer a una manada. Eso le da una identidad inmune a las circunstancias reales del mundo en el que vive y, como en las sectas, nada tiene sentido fuera de una verdad que heredó de su estirpe o le fue revelada en algún momento clave de su vida y a la que se adhirió en la asociación más simple y más fuerte de nuestra condición humana, dejando de pensar y lamentarse como individuo: nosotros somos, hemos sido y seremos especiales. Ser nosotros es deseable, por eso nos envidian y tenemos que defendernos. Los contenidos y los matices se añaden después, según el tiempo, el lugar y el contexto, pero esta es la base de todo supremacismo. Nada de calentarse la cabeza para entender los mecanismos que reproducen y amplían la desigualdad, ni de buscar responsables del sufrimiento propio o ajeno más allá de la incapacidad, la incompetencia y la codicia de los otros. De unos otros, siempre hay unos o varios otros responsables, sin ellos no existe. El supremacista puede ser un pobre diablo, pero eso es porque le han desposeído las fuerzas del mal –los otros concretos de cada versión- dado que aborrecen su condición de ser o, en el siglo XXI, su voluntad de ser ya sin demasiados remilgos, que no está el inevitable mestizaje y la baja natalidad para ponerse estupendos. Todo cuadra, así cualquiera.

Ya habrán sospechado que el supremacismo es obviamente racista, profundamente clasista, y sin duda, sexista, pero también es estratégicamente acomodaticio. Se impregna de toda crítica y la regurgita como propia y primordial, delimitando el campo y marcando las reglas de juego, dejando sin aliento ni ideas a sus adversarios más taimados. Ahí reside su capacidad de mutar y permanecer bajo el disfraz. Hasta aquí la primera entrega. En capítulos posteriores veremos algunos ejemplos, la fuente parece peligrosamente inagotable. ¡No se lo pierdan!

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